POSTALES DE POBREZA EN LA ARGENTINA, EL TITANIC DE KIRCHNER

 

Por Víctor E. Lapegna

 

Buenos Aires, 15 de setiembre de 2009

Tres hechos concretados en la primera semana de agosto por la Iglesia Católica instalaron la cuestión de la pobreza en la agenda pública nacional con una intensidad que no tenía antes en los medios de comunicación o en los discursos de políticos oficialistas y opositores.

El primer hecho se produjo el martes 4 de agosto, con la presentación pública del Barómetro del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA). El jueves 6 se difundió un telegrama de Benedicto XVI en respaldo a la colecta Más por Menos, en el que el Papa denunciaba el escándalo de la pobreza en nuestro país. La tercera referencia eclesial al drama de la pobreza estuvo en la homilía pronunciada por el cardenal Jorge Bergoglio el viernes 7, en la misa dada en el santuario de San Cayetano.

La cuestión, además de la importancia que tiene en sí misma, abre un debate acerca de la realidad general de la Argentina al que queremos hacer un aporte antes que, como es posible y hasta probable, el vértigo informativo y la intencionalidad de algunos actores hagan que el tema deje de recibir la atención que suscita hoy.

 

¿Cuál es el Escándalo de la Pobreza en la Argentina ?

Asumiendo que la cantidad de personas pobres e indigentes que hay hoy en la Argentina es de por sí un  escándalo, vale preguntarse en que consiste ese escándalo.

Una respuesta extendida en la sociedad, en el gobierno, en la oposición e incluso ad intra la propia Iglesia católica es que el escándalo consiste en que, siendo el nuestro un país rico, haya semejante cantidad de pobres (Vgr.: “¿Cómo es posible que haya tantos indigentes en un país que da de comer a 300 millones de personas?”).

Esa es la tesis de la presidente de la Nación en cuanto dijo que "(…) en Argentina hay pobres, pero el problema no es la pobreza, el problema es la inequidad social y la distribución del ingreso", a lo que agregó que "no es casualidad ver que en Canadá, Suecia, Noruega, la brecha entre ricos y pobres es más chica. Y ahí está la verdadera raíz y la verdadera fábrica de pobres, en la inequidad social".

Si esta explicación diera cuenta de toda la realidad y el drama de la pobreza en la Argentina sólo fuese resultado de una distribución injusta de riquezas ya existentes, sería posible terminar con esa inaceptable situación de indignidad  con medidas que repartieran mejor las riquezas que ya hay, tales como el otorgamiento del ingreso universal por niño, el remozado programa “Manos a la Obra ” que relanzó la presidente u otras medidas distributivas similares.

Otra mirada posible es considerar que el escándalo consiste en que la Argentina , que tiene amplias condiciones para ser un país rico, se convirtió en un país pobre y el aumento a grados inaceptables de la cantidad de personas situadas por debajo de las líneas de pobreza e indigencia es consecuencia de ese empobrecimiento general del país, cuya riqueza disponible es cada vez menor, además de distribuirse de un modo cada vez más injusto.

Si lo antedicho fuese cierto, sin mengua de la necesidad de adoptar medidas de coyuntura que alivien los efectos inmediatos más graves de esta cuestión social (como el ingreso universal por niño o el plan relanzado por la presidente), el camino que lleva a poner fin en forma efectiva con el escándalo de la pobreza estructural pasa por restaurar un círculo virtuoso de creación sustentable de riqueza por medios que, por sí mismos, contribuyan a una mayor y mejor justicia social.

 

En otros términos, se trataría de establecer una matriz productiva que lleve a aumentar el valor del capital físico, del capital financiero y sobre todo del capital humano mediante una mayor productividad del trabajo de todos, en la que el apotegma que proponía que “cada argentino produzca algo más que lo que consume” sea un deber que todos podamos cumplir.

 

El Empobrecimiento de la Argentina

Decir que la Argentina se empobreció parece contradictorio con el hecho cierto de que el Producto Bruto Interno (PBI) argentino viene creciendo a altas tasas en forma constante desde el 2002, pero la contradicción se resuelve al analizar los tres pilares principales en los que se apoyó el crecimiento económico alcanzado en el último sexenio.

a) En estos años la Argentina percibió cuantiosos ingresos por la venta al mundo de nuestros principales bienes transables (exportables) entre los que destacan la soja y sus derivados, cuya producción y productividad crecieron mucho merced a las condiciones naturales de nuestro territorio, las inversiones y la alta eficiencia de los productores argentinos, la masiva utilización de semillas de soja transgénica y glifosato, la siembra directa, buenas técnicas de producción y comercio y el tipo de cambio favorable a las exportaciones que estableció la devaluación, en un período en el que la gran demanda de los mercados del Asia Pacífico (en especial de China) hizo que los precios de esos bienes tuvieran niveles extraordinariamente altos.

b) Un segundo pilar fue el uso pleno de la capacidad productiva instalada ociosa - que se había expandido y actualizado con inversiones concretadas en la década de 1990 y no llegaba a ser aprovechada en plenitud desde la crisis del 2001 – lo que no se requirió de inversiones significativas en mejoras de maquinarias y equipos para aumentar la productividad y la competitividad y así atender el aumento de la demanda agregada derivada de los ingresos de exportaciones de commodities agropecuarias y también energéticas y mineras.  

c) Una tercera fuente del crecimiento del PBI fue la construcción de viviendas y la realización de obras públicas, en gran medida de baja eficiencia, que no superaron las deficiencias de infraestructura que tiene nuestro país.

En términos de incremento de cantidad, calidad y valor de los núcleos estructurales del capital físico (agua corriente, cloacas, rutas y caminos, producción y distribución energética, sistemas de transportes y comunicaciones, equipamiento de máquinas y herramientas, etc.) de nuestra economía, el efecto de esos pilares del crecimiento argentino en el último sexenio fue muy inferior a las tasas de aumento del PBI en el período.

En parte eso fue así por la naturaleza extractiva de la matriz principal de creación de riqueza que fue la producción de granos (en especial de soja), una de cuyas características es que sus altos niveles de productividad, competitividad y eficiencia fueron logrados merced a grandes saltos tecnológicos (semillas transgénicas, siembra directa, etc.) que se habían concretado antes del último sexenio, con lo que el aumento del capital físico derivado de esa actividad extractiva estuvo concentrado, casi exclusivamente, en la renovación del parque de maquinaria agrícola.

En cuanto al aprovechamiento de la capacidad instalada ociosa, por definición no supuso un incremento del capital físico ya que consistió en el uso pleno de un capital físico preexistente.

Finalmente, la construcción de viviendas no supuso un enriquecimiento significativo del capital físico y las obras públicas concretadas, por su ineficiencia y foacalización, apenas si movieron el amperímetro en este plano.

En cuanto al capital financiero, vale recordar que sus fuentes pueden ser el ahorro interno y la inversión externa. Aunque la economía argentina tiene una alta capacidad de acumulación de ahorro interno, hace ya décadas que cientos de miles de millones de dólares de ahorros argentinos están invertidos fuera de nuestro país y esa tendencia se acentuó en los últimos años. Puede decirse, en consecuencia, que la acumulación de capital financiero en la Argentina a partir del ahorro interno fue casi por completo virtual, dado que esos recursos no permanecen en nuestra economía ni se destinan a incrementar la producción de bienes y servicios. En cuanto a la inversión externa directa, que fue muy alta en la década de 1990, a partir del 2001 se mantuvo en niveles pobrísimos. Por tanto, a pesar del aumento del PBI, la Argentina se empobreció en su capital financiero en tanto soporte de la economía real, según lo muestra la evolución del crédito destinado a solventar la producción, medido en términos de porcentaje del PBI.

Tal vez la faceta más grave del proceso es el empobrecimiento que registró en los últimos años nuestro capital humano, considerando el deterioro en cantidad y calidad que registró la organización de la comunidad nacional, sea en lo que hace a la organización del Estado y el gobierno, de las empresas, de los sindicatos de trabajadores, de las representaciones territoriales o de los usuarios y consumidores, para mencionar las principales formas organizativas de ese capital humano.

Ese deterioro de la calidad y cantidad de las organizaciones que expresan el valor del capital humano argentino es especialmente grave en la actual etapa de la evolución, signada por el tránsito de la sociedad industrial a la sociedad del conocimiento y de la sociedad de las naciones a la globalización.

Sucede que en esta fase de la historia en la que ingresó todo el mundo, como lo señaló Juan Pablo II en su encíclica Centesimus Annus, el factor productivo decisivo pasó a ser la capacidad de conocimiento y de resultas de ello el nivel de productividad del trabajo humano (la capacidad de producción de cada unidad de trabajo en una unidad de tiempo) es cada vez más el elemento decisivo en la creación de riqueza sustentable.

Un ejemplo ilustrativo de esa nueva realidad lo brinda el amigable clima de trabajo y los niveles salariales que existen en empresas como Microsoft, entorno que podría atribuirse a la bondad del carácter de Bill Gates para tratar a sus empleados, pero parece más plausible suponer que de ese modo la empresa informática busca estimular el espíritu de creatividad e innovación de quienes trabajan en ella, dado que la calidad que despliegue su capital humano es la principal condición necesaria para que siga siendo la corporación más grande del mundo.

A propósito de ello, el hecho que General Motors esté hoy casi en situación de quiebra habiendo sido por muchos años la más grande empresa del mundo y que Microsoft haya pasado a ocupar ese sitial, da la razón a Juan Pablo II en tanto muestra de la creciente importancia del capital humano sobre el capital físico e incluso el capital financiero, como factor productivo decisivo.

Resulta así que la caída en la calidad y cantidad de la organización comunitaria en todos los ámbitos de la sociedad argentina registrada en los últimos años, da cuenta del proceso de empobrecimiento que se registró en el valor de nuestro capital humano.

Como hemos visto, los aumentos del PBI en el último sexenio no evitaron un empobrecimiento del capital físico, el capital financiero y el capital humano de la Argentina y es por eso que, usando una expresión tópica pero que tiene la virtud de la brevedad para describir la situación, podría decirse que en los últimos años la economía argentina  tuvo mucho crecimiento, pero poco desarrollo.

En otros términos, el crecimiento de la economía argentina en los últimos años fue más similar al de los países productores y exportadores de petróleo (vgr. Nigeria, Irak, Venezuela o Arabia Saudita, por sólo mencionar algunos casos) que al de las economías del Asia – Pacífico, de Irlanda o de Nueva Zelanda.

Los efectos sociales de ese modelo de fuerte crecimiento y débil desarrollo fueron mayor pobreza e inequidad social debido, entre otras razones, a que en lo esencial la creación de riqueza no estuvo determinada por el aumento de la productividad del trabajo humano, usado en plenitud.

De ahí que, si se consideran las posibilidades reales que tiene en nuestro país en términos de acumulación de capital físico, financiero y humano; el empobrecimiento que se dio en los tres ámbitos es un verdadero escándalo que explica, aunque de ningún modo justifica, la magnitud a la que llegó la cantidad de personas situadas por debajo de las líneas de pobreza e indigencia.

 

Los Números de la Pobreza

Debería ser obvio que, contra lo que parece creer la señora presidente de la Nación, tener cierto grado de precisión en cuanto a la cantidad de personas que en la Argentina de hoy están situadas en la pobreza y la indigencia no es un mero ejercicio académico de la estadística y no debe ser un perverso mecanismo por el que el padecimiento de personas reales, con nombre, apellido, historia y rostro se torne en la acumulación de números fríos.

Sucede que contar con datos cuantitativos ciertos acerca de la pobreza es indispensable para definir políticas, programas y acciones reales y eficaces de abordaje del problema.

Dado que los indicadores elaborados por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) han dejado de ser creíbles para todos los que no sean directivos de ese organismo o altos funcionarios del actual gobierno nacional, se impone apelar a otras fuentes para aproximarse a un conocimiento adecuado de la magnitud que tiene el problema social tratado.

Para ello acudimos a una investigación del Instituto de Estudios y Formación de la Central de los Trabajadores Argentinos (CTA) que dirige el economista y diputado nacional Claudio Lozano (a quien nadie podría considerar conservador), un trabajo realizado por la consultora Equis que lidera el sociólogo Artemio López (de confesas simpatías hacia el actual gobierno) y a la reciente edición del Barómetro de la Deuda Social que elabora la Universidad Católica Argentina (UCA).

La investigación del Instituto de Estudios y Formación de la CTA dirigida por Lozano ponderó un conjunto de indicadores económicos y sociales para establecer una comparación entre la situación social argentina en el año 2008 respecto de la que existía diez años antes, en 1998 y las conclusiones principales que arroja el trabajo (ver cuadro al final del documento) son las siguientes, siempre en referencia a la década 1998 / 2008.   

Por su parte, según la consultora Equis de Artemio López, por la inequitativa distribución del ingreso y la fragmentación e informalidad del mercado de trabajo, el 30,8% de la población es pobre por vivir en hogares donde los ingresos no alcanzan para comprar la canasta básica de bienes y servicios y de ese total, el 10,4% de la población - 4,1 millones de personas - son indigentes que ni siquiera pueden costear la compra de una canasta básica de alimentos.

Las cifras duplican última medición del INDEC que para la segunda mitad de 2008, registró un 15,3% de pobres de los cuales el 4,4% sería indigente.

Uno de los factores que explican estas diferencias es que, con la misma canasta de consumo, para el INDEC la línea de pobreza de una familia tipo (matrimonio y 2 hijos) ronda los $ 1.000, mientras que para Equis es de $ 1.500, lo que se debe a la distinta valuación de los precios.

El informe de Equis destaca que en el segundo cordón del conurbano bonaerense, que comprende 13 partidos del GBA (entre otros, Berazategui, Florencio Varela, Ezeiza, Merlo, José C. Paz y Malvinas Argentinas) la pobreza trepa al 45,1%, y la indigencia al 18%. Al mismo tiempo como los hogares pobres e indigentes tienen más chicos, entre los menores de 15 años la pobreza en esos distritos salta al 54,7%.

A partir de aquí transcribimos párrafos de un artículo publicado por Artemio López, en la que el director de la consultora Equis brinda su explicación sobre las causas del aumento de la pobreza.

Al responder a la pregunta de por qué hay pobres en nuestro país, tras la aceleración de precios observada desde el primer trimestre de 2007, en especial su impacto en el rubro de alimentos y bebidas, especialistas ligados al discurso económico neoliberal y otros supuestamente heterodoxos, advierten sobre la fábrica de pobres que resulta la inflación actual. Pero ésta es apenas una menos que media verdad, o sea una gran farsa”.

Aún aceptando que la pobreza pasó del 27% en el segundo semestre de 2006, cuando el INDEC era confiable, al 30% en el primer semestre de 2009, según distintas consultoras privadas, la sentencia correcta debiera ser: sólo el 10% de la pobreza actual en Argentina es producto de “la inflación”, en particular de alimentos, acontecida a partir de 2007”.

“Contrario sensu, el 90% de la pobreza obedece a causas no inflacionarias, relacionadas con la estructura distributiva y el mercado de trabajo que aún tras un lustro de crecimiento del PBI a tasas chinas, mantiene 40 puntos de informalidad – 45% considerando a los cuenta propia precarios– con salarios informales promedio de $ 800 y aún salarios formales privados de subsistencia extrema”.

“A tal punto es la carencia en el sector privado que, según la información oficial, para el 20% del universo formal privado, 1,2 millón de trabajadores, los salarios apenas superan los $ 1.500 mensuales, esto es, el equivalente al valor de la línea de pobreza para un hogar tipo metropolitano. En el mercado de trabajo formal privado el 20% de la cúpula se apropia del 50% de la masa salarial y el 20% de la base apenas el 10%. Analizando ingresos por hogar, el 20% de la cima de los perceptores de ingresos recibe el 52% del total, mientras el 20% de la base apenas del 4%”.

“Estas son las causas centrales de la pobreza nacional: un sistema de distribución del ingreso de inequidad creciente y la estructura del mercado de trabajo que reintroduce asimetrías vía empleo informal o concentración en la cúpula de los trabajadores formales privados de la mitad de la masa salarial”.

Finalmente, el Barómetro de la Deuda Social de la UCA en su última edición presenta un diagnóstico diferenciado, tanto del que elaboró el Instituto de la CTA que dirige Lozano cuanto el de la consultora Equis de Artemio López.

Una cualidad que destaca a este informe es que mide la situación social con una mirada más amplia que la evolución del monto de los ingresos que perciben las personas y los hogares ya que, como se puntualiza en el mismo informe, “reducir las privaciones a las condiciones económicas obstaculiza un conocimiento más integral del desarrollo humano y, en consecuencia, un reconocimiento más amplio de los derechos exigidos”. 

Así es que el Barómetro estudia lo que denomina el “Espacio de las condiciones materiales de vida” que abarca “hábitat, salud y subsistencia”, “acceso a recursos públicos” y “trabajo y autonomía económica” y lo que llama “Espacio de las condiciones de integración social”, que incluye “capacidades psicológicas”, “tiempo libre y vida social” y “confianza política”.

Aunque el detallado informe resulta muy ilustrativo acerca de las condiciones de ¿vida? que deben soportar los sectores sociales más humildes en la Argentina de hoy, en homenaje a la brevedad remitimos a quienes estén interesados a conocer el informe con más detalle a consultar la página web de la UCA.

Sí diremos que el Boletín del Barómetro que analiza la situación social en la coyuntura da cuenta de que en año 2008 los hogares a lo que no les alcanzaba el dinero que reunían para afrontar los gastos del hogar llegaban al 37% del total y en el 2009 aumentaron al 44% lo que significa un severo agravamiento del nivel de pobreza. 

Más allá de las divergencias entre las cifras y las consideraciones de las tres fuentes aquí reproducidas, todas ellas son contestes en marcar que la cantidad de pobres e indigentes en la Argentina de hoy es superior al que reconocen las estadísticas oficiales y constituyen un desafío prioritario que reclama respuestas inmediatas para atender la emergencia y simultáneas líneas de acción estratégica que hagan de la Argentina un país rico con justicia social, para así atacar la pobreza estructural.

Con una imagen brutal pero gráfica, podría decirse que, dada la magnitud que alcanzó la pobreza, la Argentina de hoy se parece a una persona enferma de cáncer a la que se le deben proporcionar en forma inmediata los analgésicos que alivien sus dolores, pero también se debe comenzar un tratamiento que busque curar la enfermedad que causa esos dolores.

 

Como ir Aliviando los Dolores de la Pobreza

Entre las medidas de emergencia que pueden adoptarse para lograr un alivio coyuntural de la gravedad de la pobreza e indigencia podemos mencionar las siguientes:

 

Cómo Restaurar la Riqueza con Justicia Social 

Una de las respuestas para terminar con la reproducción estructural de una pobreza y miseria crecientes, es diseñar y poner en marcha una revolución demográfica que termine con la monstruosa macroencefalia que llevó a que más del 30% de la población argentina resida en una superficie que es apenas el 3 % de los casi 3 millones de km2 que tiene nuestro territorio.

Dos frases programáticas del general Perón: “Cada argentino debe producir, al menos, lo que consume” y “La tierra debe ser para el que la trabaja” y un anhelo de Evita que compartimos (“Queremos hacer de la Argentina una nación de propietarios y no de proletarios”) podrían ser el marco de esa revolución demográfica.

La propuesta es crear nuevos centros poblacionales a partir de la entrega en propiedad parcelas de tierra en el interior del país, sobre todo a las familias pobres e indigentes que residen en el conurbano bonaerense y en los cordones periurbanos de Rosario, Córdoba, Mendoza, San Miguel de Tucumán, etc.

Esas parcelas deberán tener una adecuada superficie para la producción mixta de frutas, hortalizas, verduras y cría de animales, con espacios amplios de propiedad común, en parte destinadas a instalaciones para el procesamiento e industrialización de los bienes producidos y la elaboración de comidas que, debidamente conservadas, puedan ser vendidas en los mercados internos y externos y en parte destinados a diversos servicios comunitarios (escuela, iglesia, centro de reuniones, centro de deportes, etc.).

Para hacer posible esta epopeya es preciso que cada uno de esos centros productivos urbano – rurales tengan los servicios y recursos que hacen a la calidad de vida propios de este tiempo que, además del gas, la electricidad y otros insumos similares, implica contar con redes de información y comunicaciones, establecimientos educativos, centros de salud y vías de transporte que permitan que los productos accedan a los centros de consumo.

Otra de las vías para mejorar la calidad de vida popular y en especial de las personas pobres e indigentes es que el Estado en todos sus niveles – nacional, provincial y municipal – cumpla su misión esencial de asegurar a la comunidad el acceso a servicios adecuados de seguridad, salud, educación, administración de justicia, transporte, comunicaciones, vivienda, calidad ambiental, defensa nacional, economía y relaciones con el mundo, por mencionar los principales, cuya calidad en la Argentina, desde hace mucho tiempo y en términos generales, es una porquería.

En el caso de los servicios de administración de justicia, una necesidad y una carencia dramática para los sectores más humildes de nuestra comunidad, para mejorar su calidad y transparencia proponemos democratizar la estructura oligárquica y corporativa del Poder Judicial a través de la generalización del sistema de juicio por jurados establecido en la Constitución de 1853 por la sabia visión de Juan  Bautista Alberdi y la designación de jueces, fiscales y otros integrantes de la magistratura mediante el voto popular directo.

Para lograr una mejor calidad en los servicios de seguridad, a la iniciativa anterior agregamos la propuesta de descentralizar los cuerpos policiales a escala municipal con la obligatoriedad para su personal de residir en el ámbito territorial de revista y la elección por voto popular directo de los jefes de cada unidad, complementando esos servicios con estructuras policiales centralizadas de alta profesionalidad para la prevención, control y represión de delitos complejos y del crimen organizado.

Para ampliar la representatividad de nuestro sistema democrático se deben reglamentar y poner en práctica institutos de democracia semidirecta consagrados en la reforma constitucional de 1994, ampliar los canales de representación y participación efectiva de las organizaciones libres del pueblo en los sistemas públicos de toma de decisiones y avanzar hacia nuevas organizaciones libres del pueblo, por ejemplo asociaciones de consumidores y de usuarios de servicios públicos.

Por último, pero no por eso menos importante, debe ser puesto en acción el principio de subsidiariedad en el que se basa el régimen federal, transfiriendo misiones y recursos que hoy maneja la Nación a las Provincias y a los Municipios y concretando una reforma impositiva que haga efectivo el federalismo fiscal.

A nuestro juicio, la dialéctica de confrontación entre Estado y mercado es tan negativa y falaz como la que sólo pone el centro en el colectivo o en el individuo.

En tanto justicialistas, el centro superados de esos antagonismo falaces lo situamos en el pueblo y la alternativa en avanzar hacia la comunidad organizada, buscando encauzar y movilizar las energías vivas y responsables de los sujetos reales que son las personas, las familias, las empresas, los sindicatos, las organizaciones libres del pueblo, promoviendo su activa y creciente participación en el sistema de toma de decisiones para pasar de la actual democracia formal hacia una democracia social, orgánica y directa.

 

 

 

 

Indicadores socio-económicos seleccionado en el período 1998/2008

Instituto de Estudios y Formación - Central de los Trabajadores Argentinos

 

1998

2008

Variación

PBI anual a precios de 1993

288.123

328.875

32,9%

Tasa de Empleo

36,9%

42%

13,9%

Ingreso medio de los ocupados (estimación propia)

569,3

1421,5

149,7%

IPC mayo 1998 = 100 (estimación propia)

100

295,7

195,7%

Ingreso medio real de los ocupados 1998=100

100

76

-24%

Brecha de ingresos entre el decil I y el X (Al trimestre 1 del 2007)

22,8

28,7

26%

Masa salarial como % del PBI

32,4%

28,6%

-11,7%

Tasa de pobreza (datos estimados al 2008)

24,9%

29,8%

19,7%

Población pobre

8.995.108

11.777.769

2.782.661

Tasa de indigencia (datos estimados al 2008)

5,7%

12,2%

114%

Personas indigentes

2.059.121

4.839.584

2.780.463

Concentrac. Económica (% PBI/ventas 200 mayores empresas)*

31,6%

56,1%

77,5%

*Los datos de concentración económica corresponden a los años 1997 y 2007

Fuente: Elaboración propia con datos del INDEC, Revista Mercado y Junta Interna ATE-INDEC (2008)


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