G20, un capitalismo sin Convención de Ginebra para los heridos

 

Septiembre de 2009

 

Origen: informe del País Vasco.

 

 

 

Los líderes del G-20 acudirán mañana a Pittsburgh con una clara misión: sentar las bases de un nuevo orden para que la crisis financiera que ha desbaratado la economía mundial no se vuelva a repetir nunca más. Una vez desactivada la amenaza de un colapso bancario y con las primeras señales de recuperación en las principales potencias internacionales, toca pasar a la acción y transformar todos aquellos pomposos discursos de refundar el capitalismo en medidas concretas. Los mandatarios se lo deben a los ciudadanos, que han sido los grandes paganos de una crisis causada por las malas prácticas de los directivos de la banca y por la negligencia de los supervisores.

La idea de que una privilegiada élite financiera, empujada por la codicia, ha arrastrado al mundo a una profunda recesión que ha dejado en el paro a millones de personas ha levantado una lógica ira popular. Los responsables políticos son conscientes de ello y por eso algunos dirigentes, encabezados por el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, y la canciller alemana, Angela Merkel, están centrando sus mensajes de cara al G-20 en la necesidad de limitar los bonus millonarios de los directivos de la banca, aun a sabiendas de que sólo constituyen una pequeña parte del problema. Argumentos no les faltan. Hay consenso en que el sistema de retribución del sector, que prioriza la parte variable del sueldo sobre la fija, ha sido uno de los factores detonantes de la crisis porque los ejecutivos, con el objetivo de engordar sus remuneraciones, tomaban posiciones de gran riesgo. Así conseguían muy buenos resultados en el corto plazo y se desentendían de lo que pudiese ocurrir en el futuro... que ha sido un desastre.

Actitud aberrante

«En los bancos de inversión norteamericanos, lo normal era que, en un año bueno, los bonus te permitiesen triplicar o cuadruplicar tu sueldo base», explica un ex empleado de Goldman Sachs. En las empresas industriales, e incluso en la banca comercial española, el porcentaje de la parte variable sobre el total no suele superar el 30%, aunque es más alto en los escalafones más elevados.

Si el esquema es ya cuestionable de por sí, los propios altos ejecutivos que han llevado el sistema a la quiebra se han encargado de demonizarlo con su aberrante comportamiento tras la crisis. Muchos de ellos exigieron cobrar hasta el último centavo de las indemnizaciones incluidas en sus contratos cuando las entidades que arruinaron con su gestión tuvieron que ser rescatadas por el Estado con inyecciones masivas de dinero público. Fue el caso del presidente de Merrill Lynch, Stanley O'Neal, que se marchó a casa con 120 millones de euros. Este legendario banco de inversión, que si no acabó como Lehman Brothers fue porque Bank of America lo absorbió in extremis, está siendo objeto de investigación debido a que repartió 3.600 millones en bonus en plena operación de salvamento. Lejos de cualquier autocrítica por esta decisión, su responsable, John Thain, se permitía bromear recientemente cuando se le preguntó por los 1,2 millones que gastó en redecorar las oficinas en medio de la crisis. «Si tuviera que hacerlo de nuevo, lo amueblaría con cosas de Ikea», comentó.

El problema es que no es tan fácil poner vallas al campo y, además, no todos están de acuerdo en que haya que hacerlo. El Gobierno de Obama es el más reticente. Aunque considera justificable controlar las remuneraciones en los bancos rescatados por el Estado, no cree que se puedan extrapolar estas medidas al resto del sector. «¿Por qué vamos a limitar los incentivos de los banqueros de Wall Street, pero no los de los empresarios de Silicon Valley o los jugadores de la liga nacional de fútbol?», manifestó el presidente de EE UU. «Pues porque la quiebra de las firmas tecnológicas no va a colapsar el sistema operativo mundial y tampoco unos quarterbacks que arriesguen demasiado en los pases van a obligar al Estado a inyectar miles de millones de euros en fondos públicos», le respondía indignado el Premio Nobel de Economía Paul Krugman.

Propuesta europea

El caso es que ante la oposición de Estados Unidos, los dirigentes europeos han moderado sus aspiraciones y van a acudir a Pittsburgh con una propuesta bastante etérea. En ella recomiendan vincular las retribuciones de los ejecutivos a los resultados a largo plazo de las entidades. Francia y Alemania ya han negociado con la banca acuerdos nacionales en esa dirección.

La Asociación Española de la Banca (AEB) manifiesta su disposición a adoptar cualquier norma que se apruebe en esta materia, aunque asegura que las recomendaciones que se están haciendo ya se aplican aquí desde hace tiempo. También recuerda que el sistema de retribución en tela de juicio es más propio de la banca de inversión, una actividad que no se practica de forma significativa en España. Asimismo, destaca la transparencia con que se informa de las remuneraciones a los banqueros. Basta echar un vistazo a la CNMV para saber que en 2008 el presidente del BBVA, Francisco González, cobró 5,3 millones de euros en salario fijo y variable, más 3,4 millones en acciones. Para la patronal resulta mucho más preocupante que, debido al interés de los políticos, «este debate eclipse otros asuntos más importantes y determinantes en la crisis».


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