Lady Di: ¿se cae una afilada espada kirchnerista en el mundillo judicial?

 

Por Marcelo Shaferstein

 

 

Algunos memoriosos, se lo recordé   a Shaferstein ,el autor de esta nota, quien  tiene  sólida formación en el mundo militar y del derecho la ubican como muy cercana hace muchos años  al Sistema de Inteligencia de la Fuerza Aerea,justamente como HIV y  el licenciado Saín, quienes integraban el think tank de seguridad y defensa que  piloteaba Chacho Alvarez.Este esfuerzo ponderable de trabajar tanto para la llamada derecha como la izquierda a la vez ,es algo que la  confrontativa legisladora nos escamotea de forma sistematica.Su ex marido ,Sigal,desde la Cancillería también cumplió un rol bifronte que  lo hacían admirar secretamente los planes quinquenales moscovitas de la  desvanecida URSS .Aunque sus tendencias actuales lo inclinan simplemente  hacia el desarrollismo comercial.Las mutaciones permiten que los funcionarios planificadores descuiden a Marx y sobre todo al catastrófico Lenin ,para redescubrir a Colbert.Es un avance.

Strategicos. 

 

 


 

Quienes conocen a los personajes de la pequeña historia coinciden en que Diana Conti fue una de las tres mujeres insignia del entorno profesional del ministro de la Corte Suprema Eugenio Zaffaroni: sus compañeras en ese estrecho círculo eran Alicia Oliveira y Lucila Larrandart. Larrandart se abrió camino en Tribunales y es presidenta del Tribunal Oral Federal 1 de San Martín; Oliveira se desempeñó como jueza penal entre 1973 y 1976, cuando fue destituida por la dictadura militar bajo los cargos de “subversiva y corrupta”. Conti jamás superó el rango de secretaria en el fuero penal, pero a cambio conoce a fondo el mundillo judicial y desde su cargo en el Consejo de la Magistratura tiene la facultad de decidir, como en Gran Hermano, quién entra, quién se va y quién permanece en ese universo de tratados y expedientes. En el edificio de la calle Libertad la llaman “la Jacobina”, pero el mote no alude a su búsqueda fanática de la libertad, la igualdad y la fraternidad sino al estilo pendenciero que comparte con su jefe Néstor Kirchner y ciertos exponentes del oficialismo como Guillermo Moreno.

 

Su incorporación plena a la política también se produjo de la mano de Zaffaroni; el lugar de militancia fue el Frente Grande, pero ya en 1991 había probado el sabor de la función pública en calidad de asesora del ministro de Justicia León Arslanian. Entre 1997 y el 2000 se sentó en una banca de Diputados; en 2001, la Alianza la designó subsecretaria de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia que gestionaron Ricardo Gil Lavedra y Jorge de la Rúa. En el 2002, la renuncia de Raúl Alfonsín a su escaño le abrió las puertas del Senado. La representación masculina bautizó “las Generalas” al petit comité que formaron con Cristina Fernández, Marita Perceval y Vilma Ibarra. En diciembre de 2005 regresó a diputados y el kirchnerismo la destinó a un Consejo de la Magistratura ampliado, amistoso y a medida.

 

La vida es caprichosa y contradictoria, nadie puede escapar a ese sino y Conti no es una excepción. El tiempo y la frecuentación de un mismo estudio con Zaffaroni y Mariano Ciafardini la especializaron en derechos humanos; antes, entre el 84 y el 87, las necesidades académicas la habían llevado a una ayudantía en la cátedra de Jaime Malamud Goti, el penalista que redactó los decretos de Obediencia Debida y Punto Final; el día en que la legisladora K alzó la voz para oponerse a la asunción de Luis Patti y sostener que “los delitos de lesa humanidad que por años no pudieron ser juzgados en nuestro país hoy pueden serlo” olvidaba su antigua pertenencia a los gobiernos de Carlos Menem y Fernando de la Rúa. La contradicción asoma también en el único trabajo que, con la firma de Diana Conti, puede encontrarse en la biblioteca de la Corte Suprema: La democracia y su respuesta a los derechos humanos del pasado. Uno de los temas del artículo es el genocidio, delito que, igual que la desaparición forzada, nunca es pasado: es perpetuo, es presente, es continuo.

 

 


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