SOLO EL PERONISMO PROSCRIPTO PUEDE IMPEDIR QUE LA MONARQUIA PLEBEYA SE CONSOLIDE

 

El análisis político y económico de los doctores Vicente Massot y Agustín Monteverde

 

 

Bastó que en su último panorama político dominical Eduardo van der Kooy publicara, sin  segundas intenciones, una versión que andaba dando vueltas entre nosotros, desde hace rato, para que al kirchnerismo se le erizaran, como pocas veces antes, todos los pelos de su lomo. Airados por la noticia, salieron a su cruce dos ministros del poder ejecutivo que, de ordinario, siguen

instrucciones precisas del marido de la presidente respecto de a quién responder (atacar) y de con cuánta intensidad hacerlo. Aníbal Fernández y Florencio Randazzo no fueron sutiles a la hora de

descargar sus baterías. Adujeron, a coro, que era un mamarracho disparatado, digno de mentes calenturientas, continuando así —con tono más vulgar— el ya celebre ¿Qué te pasa, Clarín?, disparado por su jefe, en contra del matutino, semanas atrás.

Lo que tanto había molestado a Néstor Kirchner no era, después de todo, ni una especie malintencionada ni un ataque destemplado enderezado por ese medio a expensas del santacruceño. Clarín —es conveniente resaltarlo— trasparentó, el domingo pasado, algo sobre lo cual se viene hablando en los mentideros políticos porteños desde el momento que el matrimonio gobernante decidió que las elecciones legislativas se substanciaran en junio. A caballo de esa decisión

comenzó a tomar cuerpo una versión según la cual si en los comicios del próximo día 28 el oficialismo resultase derrotado a simple pluralidad de sufragios no sólo en la Capital Federal, Santa Fe, Córdoba y Mendoza —lo que, a esta altura, es seguro— sino también en la provincia de Buenos Aires, Néstor Kirchner podría adelantar la elección presidencial. Palabra más, palabra

menos, esto escribió van der Kooy. Nada del otro mundo, como se aprecia, y nada que, cuanto menos a primera vista, pudiera despertar las iras del ex–presidente.

Si el kirchnerismo hubiese ignorado la cuestión, la misma habría pasado desapercibida y se la habría seguido considerando como lo que era: una versión. Al desmentirla de manera tan enfática, lo único que logró fue hacerla aun más verosímil. Porque lo cierto es que nada tiene de antojadiza, en atención, precisamente, al cambio del calendario electoral de este año. De la misma

manera que, aduciendo una excusa poco creíble, el oficialismo decidió ganar cuatro meses por temor a perder en octubre, por qué no pensar que pudiese considerar la posibilidad de repetir el expediente para acortar un trámite que al kirchnerismo le seria insoportable, en caso de morder el polvo de la derrota en Buenos Aires.

Si no se pierde de vista la forma de reaccionar a la cual nos tiene acostumbrados el santacruceño, es pertinente suponer que, si saliese segundo, detrás de Francisco de Narváez, podría considerar seriamente el tema y tratar de acortar el periodo presidencial de su mujer. ¿Con qué propósito? Evitar las inclemencias propias de un gobierno con escaso o nulo poder al cual le faltan, todavía, dos años y medio de mandato constitucional. Imaginemos, sólo por un momento, lo que sería Kirchner sin el dominio del Congreso; vencido en los cinco principales distritos electorales del país; derrotado en el bastión bonaerense junto a su delfín y gobernador, Daniel Scioli, y con un peronismo que ya no le respondiese. ¿Por qué no adelantar las presidenciales?

¿Qué tiene de ridículo o descabellado? Nada.

Como quiera que sea, el supuesto plan requiere, a modo de condición necesaria, un traspié —con consecuencias catastróficas en razón del carácter plebiscitario que le ha impuesto el santacruceño a estos comicios— en la provincia de Buenos Aires. De producirse, resultaría un golpe mortal para el kirchnerismo y no le dejaría demasiadas opciones abiertas en punto al futuro.

Por eso es que una versión más, de las muchas que pueblan la política criolla, de pronto, a favor de su publicación en el diario de mayor venta del país, de la encendida respuesta oficial y de las crecientes dudas existentes respecto del resultado final en la provincia de Buenos Aires, se transformó en el tema de discusión del momento y fue materia de análisis en todo el arco de peronismo disidente y en las tiendas de campaña del cobismo, la Coalición Cívica y la UCR.

 

En otras circunstancias y tratándose de un personaje distinto, nadie le hubiese prestado demasiada atención a la citada especie. Pero en un ambiente enrarecido y con una personalidad enfermiza como la de Néstor Kirchner de por medio, descartarla de plano sería un error serio, del cual luego podrían arrepentirse quienes pretenden terciar en la próxima disputa presidencial.

Hay un dato, por de pronto, harto significativo: ninguno de los principales referentes de la oposición peronista y de los distintos partidos que nada tienen en común con el justicialismo y se hallan en las antípodas de Kirchner, echaron en saco roto el posible adelantamiento. Si se les preguntase hoy a Carlos Reutemann y a Julio Cobos, a Elisa Carrió y a Mauricio Macri, a Hermes Binner y a Gerardo Morales, si conocían con anterioridad la versión, la respuesta seria unánime:

sí, sabían de su existencia. Si, acto seguido, se les pidiese una contestación respecto de su seriedad, todos dirían que la consideran verosímil. Kirchner es capaz de hacer cualquier cosa. Por lo tanto, qué le haría una mancha más al tigre.

En medio de los ataques de Kirchner contra Clarín, Cobos y de Narváez, de las discusiones en torno a la parodia de “Gran Cuñado” y sus posibles efectos sobre la voluntad de los votantes y de los cruces entre el vicepresidente y sus presuntos aliados de la Coalición Cívica y del radicalismo, la campaña electoral entrará hoy en su recta final. A once días de desempolvar las urnas y de entrar al cuarto oscuro para votar, habrá que prestar atención a dos fenómenos. Uno que

se viene repitiendo, casi sin solución de continuidad, desde que aparecieron y se aposentaron en la Argentina las encuestas electorales: sus responsables —sobre todo aquellos que, a través de las mismas, hacen acción psicológica a favor de alguno de los candidatos— comenzarán a sincerarsus números con el propósito de no quedar, después, expuestos a las críticas. El otro, en cambio, si

bien no es inédito, pocas veces se ha dado con tal intensidad: la disputa por los indecisos en la cual se hallan empeñados, en la provincia de Buenos Aires, los tres frentes que, a esta altura, pelean por un 20 % del electorado —hay quienes consideran que no alcanza al 15%— todavía dubitativo a la hora de sufragar.

Si bien esa franja de ciudadanos es apetecida tanto por el Frente para la Victoria, la Unión Pro y el Acuerdo Cívico, sólo los dos primeros están en condiciones de alzarse con la victoria.

Por eso para Néstor Kirchner y Daniel Scioli el desafío resulta de la misma envergadura estratégica que para Francisco de Narváez y Felipe Solá. No así para Margarita Stolbizer y  Ricardo Alfonsín que, en su fuero íntimo, saben dos cosas: que pueden hacer una elección mejor o peor, comparada con la del 2007, y que su destino es salir terceros.

Al no ser esto último una novedad, la incógnita que desvela, por igual, al kirchnerismo y a De Narváez es: cómo registrarán el dato los indecisos y cuál será su actitud, o, dicho de otra manera, cuántos votantes podrían acompañar, aún a desgano, a la Unión Pro en virtud de la certeza de que votar por el Acuerdo Cívico es contribuir, sin quererlo, al triunfo de Néstor Kirchner. Por ahora es una incógnita sin respuesta. Hasta la semana próxima.

 

COMPONENTE ECONOMICO.

 

En el último año el dólar superó ampliamente al rendimiento de los PF

Kirchner, la semana pasada: “Estaríamos locos si devaluamos después de las elecciones”.

Pero también recordamos: “No me midan por lo que digo si no por lo que hago”.

En el segundo semestre del año pasado, el dólar subió 13,4 % (de $ 3,05 a $ 3,46) y fue mejor

negocio que un plazo fijo.

Lo mismo sucedió en lo que va de este primer semestre, en que ya aumentó 9,3 %, lo que

equivale a una tasa efectiva anual de 21,3 %.

La apreciación del real y la recuperación de la soja han licuado parte del atraso del tipo de

cambio.

Si las tasas y la inflación convergieran a un nivel cercano al 12 % anual, la divisa debería

aumentar no más allá del 6 % durante el segundo semestre ($ 4) para cumplir las estimaciones

del Banco Central.

Pero el desmadre del gasto público y la ausencia de reformas estructurales en estudio llevan a

considerar que una devaluación puede ser la única variable para ajustarlo.

La formación de activos externos —es decir, la fuga de capitales—impulsa por el lado de la

demanda la desvalorización del peso, que trata de ser neutralizada con crecientes restricciones

cambiarias.

La demanda de divisas es alta, superando los U$ 60 MM diarios y también son elevadas las

necesidades para cubrir los vencimientos de la deuda.

A esto se agrega que las reservas líquidas netas del BCRA para contener una disparada del tipo

de cambio se limitan a no más de U$ 14000 MM.

Temiendo una eventual fuga de depósitos en dirección al dólar, y como colchón de liquidez

para hacerle frente, los bancos conservan en pases pasivos con el Banco Central más de

$ 15000 MM.

 


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