De encuestas, campañas e intenciones

 

El análisis político y económico de los doctores Vicente Massot y Agustín Monteverde

 

 

En Santa Fe, donde el próximo día 28 se substanciará una de las dos grandes paradas

electorales del país, circulan un par de encuestas cuyos resultados no pueden ser más encontrados.

Mientras la consultora de Enrique Zuleta Puceiro le otorga una ventaja a Carlos Reutemann de,

aproximadamente, ocho puntos, la de Cesar Mansilla apunta una diferencia semejante sólo que del

candidato socialista a expensas del peronista. La asimetría, pues, alcanza los 16 puntos y pone en

duda, por si faltasen pruebas al respecto, la seriedad de este tipo de relevamientos o, cuando

menos, de uno de los dos responsables de hacerlos.

 

Porque puede entenderse un margen de error

del 3 %, poco más o menos, que los entendidos se apuran a resaltar al momento de dar a conocer

los números de sus trabajos de campo. Lo que, en cambio, carece de lógica y de rigor es semejante

abismo abierto entre los sondeos de opinión hechos por dos profesionales acreditados.

 

Como lo adelantamos hace algunas semanas atrás, el fenómeno se veía venir y no es

nuevo, ni mucho menos. En el curso del último fin de semana se han conocido, en razón de que

fueron objeto de publicación por parte de dos matutinos porteños, cinco distintas muestras en

punto a la intención de voto para diputados nacionales en la provincia de Buenos Aires. Tres de

ellas —la de Ricardo Rower, la de Artemio López y la de Roberto Bacman, cuyo común

denominador es su relación profesional con el kirchnerismo— coinciden en señalar, con

diferencias de centésimos, ocho puntos de ventaja del binomio Néstor Kirchner–Daniel Scioli

sobre el conformado por Francisco De Narváez y Felipe Solá. La consultora Isonomía, algo más

moderada, plantea un escenario donde los candidatos del Frente para la Victoria se impondrían a

los del Properonismo por 3 puntos, si las elecciones fuesen hoy.

 

Mención aparte merece el relevamiento, de lejos el más exhaustivo de cuantos se conocen,

debido a Poliarquía, que La Nación publicó en su portada del domingo con pase a dos páginas

interiores completas, en donde los encuestadores y politólogos de la citada consultora expusieron,

con lujo de detalles, cómo se había realizado la muestra y qué explicación encontraban para

abonar la razonabilidad de sus resultados. Es que, en este caso, era el Properonismo el que le

sacaba 3 puntos al FPV, con un nivel todavía alto de indecisos (20 %).

 

De Narváez marcha al frente en virtud de un fenómeno acerca de cuyas consecuencias

hemos insistido en estas entregas, que Poliarquía registra casi en solitario si se compara su trabajo

con cualquiera de los de sus colegas: la polarización que comienza a hacerse notar a costas de la

Coalición Cívica–UCR, y la insignificancia del voto que cosecharía Luis Patti. En efecto, si

Margarita Stolbizar no traspusiese el umbral del 13 % y el ex–intendente de Escobar apenas

orillase el 1,7 %, parece natural que el Properonismo supere por un margen escaso al

kirchnerismo.

 

Las posibilidades de ganarle a la boleta oficialista que tiene de Narváez son directamente

proporcionales a que se produzca una marcada polarización que deje bien atrás al tercero en

discordia y fuera de la cámara de diputados a Luis Patti. Si en el curso de estos 20 días finales un

5 % ó 6 % de los votantes que, en otras circunstancias, hubiesen sufragado por la CC–UCR,

decidiesen cambiar el sentido de su decisión en el cuarto oscuro, pura y exclusivamente con el

propósito de que Néstor Kirchner pierda —y otro tanto sucediese con parte de los simpatizantes

del comisario preso— el Properonismo acrecentaría enormemente sus chances de alzarse

vencedor. De lo contrario, no habría manera de arrebatarle al oficialismo un triunfo que, a pesar de

la campaña orquestada con la intención de presentarse ante la opinión pública como seguro

ganador, todavía no es seguro, ni mucho menos.

De la boca para afuera el kirchnerismo dice tener, a esta altura del partido, una sola duda:

por cuántos puntos superará al segundo en la provincia de Buenos Aires. Es más, a quien quiera

escucharlos, algunas de sus primeras espadas —incluyendo dos ministros del Poder Ejecutivo—

arriesgan una cifra: entre el 8 % y el 10 %. Eso de la boca para afuera. En petit comité,

 

inversamente, ni son tan osados ni están tan seguros de cuál será, en definitiva, su performance.

Por eso no cesa la campaña de desprestigio contra el único candidato que les puede ganar y poner,

tanto a Néstor Kirchner como al gobernador bonaerense, en un trance que ni su peor enemigo les

desearía.

 

No es casualidad que veinticuatros horas antes del partido que nuestra selección disputaría

en el Estadio Monumental contra Colombia, por las eliminatorias del mundial que se llevará a

cabo el año próximo en Sudáfrica, el centro porteño y varios barrios de la capital hayan amanecido

empapelados con un afiche en donde aparecía Francisco de Narváez y una leyenda que rezaba:

¿Por quién cree que hinchará el sábado? Más importante aún, el siempre servicial juez federal de

Zárate-Campana, Federico Faggionato Márquez citó a indagatoria para hoy a de Narváez en la

causa del así llamado “rey de la efedrina”. El magistrado acumula 36 denuncias en su contra y no

es exagerado concluir que está en las manos del Consejo de la Magistratura, dominado por el

kirchnerismo. Por fin, el house organ de la Casa Rosada, Página 12, el domingo trajo a comento

una investigación que la AFIP ha realizado sobre de Narváez, firmada por Horacio Verbitsky.

Solo un iluso creería en las casualidades. Pero sólo alguien que no se siente convencido de ganar

apela a cualquier método para enlodar a su principal adversario.

 

Aparte de la clásica guerra de encuestas y las campañas sucias, hay otro fantasma que se ha

hecho presente: el posible fraude que ensayaría el aparato kirchnerista en el Gran Buenos Aires si

los primeros resultados del escrutinio no se compadeciesen con sus expectativas. Algo de esto

parecer haber ocurrido, claro que en una escala menor, en los comicios presidenciales de octubre

del 2007. Parte de la oposición puso entonces el grito en el cielo, pero lo cierto es que, si hubo

fraude, no fue grosero, entre otras razones porque la fórmula Cristina Fernández–Julio Cobos

llevaba las de ganar sin necesidad de apelar a ningún procedimiento espúreo. Como, a diferencia

del 2007, en las elecciones venideras nada está escrito y nadie está seguro de su victoria, la sombra

del fraude ha vuelto a revolotear sobre nuestras cabezas.

 

Si bien el ingenio criollo es inagotable y ha inventado varias modalidades —el voto

cadena; la falsa gemela; la planchadita; la tapadita y otras que sería largo de explicar—, en

realidad sólo la falta de fiscales por parte de cualquiera de los partidos intervinientes puede dar

lugar a que el resto de las autoridades de mesa “se repartan”, en el recuento de los sufragios, una

porción significativa de los votos a expensas de aquéllos. Es más fácil hacerlo en el conurbano que

en el interior de las provincias; en el segundo cordón que en el primero, y para el oficialismo que

para sus contrincantes. Así y todo es conveniente poner cuidado en las acusaciones lanzadas al

voleo o en las generalizaciones carentes de fundamento en cuanto concierne al fraude y a la

invencibilidad del oficialismo peronista en el Gran Buenos Aires. Por mucho que sea el poder de

un gobierno, perpetrar un fraude en gran escala —superior a los cuatrocientos mil votos, por poner

una cifra— no es sencillo. Tanto más si la oposición cuenta con fiscales y los medios de

comunicación están atentos. En comicios libres nunca en la Argentina ha habido una acusación de

fraude considerable, que haya sido debidamente probada.

 

La segunda cuestión apuntada se refiere al primer y segundo cordón y al carácter,

inequívocamente justicialista, de su voto. Es cierto que si se hace experiencia comparada se llega a

la conclusión de que el peronismo ha ganado casi siempre en el GBA. No lo hizo en 1983 y, para

medir elecciones legislativas y no presidenciales, tampoco en 1997, cuando Graciela Fernández

Meijide dio cuenta de “Chiche” Duhalde con todo el poderoso aparato que respondía a su marido

en la provincia. El comentario no apunta, demás está decirlo, a que Margarita Stolbizer podría

superar a Kirchner y a de Narváez. Sólo resalta el hecho de que toda la fuerza clientelista del

oficialismo de turno —en este caso el tándem Kirchner–Scioli–intendentes K— puede resultar

infructuosa contra un adversario que rompa con los esquemas tradicionales.

 

Como quiera que sea, la campaña sigue su derrotero y difícilmente los principales

contendientes cambien el libreto que vienen repitiendo hasta ahora: Kirchner cargando lanza en

ristre contra el campo, la industria, la prensa y, sobre todo, contra de Narváez; este último, de su

lado, tratando de convencer al electorado de que frente a la prepotencia del santacruceño, él es la

esperanza del cambio porque nadie más puede vencer a los candidatos del FPV y, de su lado,

Margarita Stolbizer y Ricardo Alfonsín, enarbolando la idea de que, después de todo, el FPV y la

Unión PRO son las dos caras de una misma moneda peronista.

 

No hay razones para pensar que alguno de los nombrados vaya a equivocarse de tal manera

que pueda, por un error en la campaña, perder la elección. Más bien el desafío de cada uno de

ellos reside en comunicar su mensaje y que el mismo resulte efectivo. Kirchner pone énfasis en un

modelo supuestamente exitoso que todos deberían recordar, cuya vigencia no estaría asegurada en

caso de que el oficialismo fuese derrotado. Su estrategia parte de la base de que la bonanza del

2003-2007 será crucial a la hora de entrar en el cuarto oscuro. De Narváez, inversamente, y

Stolbizer, sólo que por distintos motivos, impugnan el modelo con el lema del cambio. Claro que,

en tanto el líder de Unión PRO ni menciona a la cabeza de la lista de la coalición radical, ésta,

tratando de aventar el riesgo de la polarización, dirige tanto sus ataques contra Kirchner como

contra de Narváez.

 

Las encuestas, sobre todo de aquí en adelante, hasta el último día que se permita

publicarlas, estarán a la orden del día. Las campañas, en especial la de la provincia de Buenos

Aires y, en menor medida, la de la Capital Federal y la de Santa Fe, seguramente escalen en golpes

bajos. Es demasiado cuanto se halla en disputa como para imaginar que en la Argentina el

comportamiento de los contendientes sea parecido al de los suizos u holandeses. Lo más seguro es

que prosperen las prácticas comunes entre nosotros, con la incógnita de a qué extremos podría

llegar la desmesura de Néstor Kirchner si en las próximas dos semanas las cifras adelantadas por

Poliarquía reflejasen mejor la realidad que las de sus encuestadores.

 

Si el santacruceño descontase su victoria, ensayará pirotecnia verbal contra sus adversarios

sin pasar a mayores. Si, en cambio, creyese en la probabilidad de salir segundo, podría apelar a

cualquier “remedio” desesperado. Hasta la semana próxima.

 

 

COMPONENTE ECONOMICO.

El futuro del dólar depende de los bancos centrales asiáticos

Son muchos los meses en que no ha habido ingreso neto de capitales de largo plazo a Estados

Unidos, especialmente de inversores privados.

La necesidad de activos de refugio fue cubierta por colocaciones de corto plazo,

principalmente Letras de Tesorería y depósitos bancarios.

China, el tenedor de reservas más grande del mundo, ha expresado reiteradamente su

preocupación acerca del futuro del dólar y la calidad de la deuda soberana de los EEUU;

Rusia, el tercer tenedor, se unió al pedido que deje de ser moneda de reserva.

Sin embargo, la fortaleza del dólar fue el rasgo distintivo hasta hace pocas semanas, por

razones diferentes a la (poca) solidez de las variables fundamentales.

 

 

Ante la suba de las tasas y la caída de los activos, las operaciones de carry trade

—endeudamiento en monedas débiles para colocarse en activos de alto

rendimiento— se desarmaron a toda velocidad, lo que hizo subir las monedas de

financiación.

Se generó un faltante estructural de dólares porque la crisis destruyó el valor de los

activos físicos pero quedaron intactos los montos adeudados.

El déficit gigantesco, la enorme deuda acumulada, las crecientes necesidades de

financiamiento —este año fiscal casi cuadruplicarían las del anterior, superando los U$ 3,2

billones—, las también crecientes dificultades del Tesoro estadounidense para obtener fondos

y la consiguiente emisión monetaria han provocado una caída significativa del dólar, tal como

anticipamos desde diciembre.

Pero muchos países asiáticos siguen adquiriendo dólares para suavizar la apreciación de sus

monedas.

En abril, los títulos comprados por bancos centrales extranjeros aumentaron en U$ 33000

MM.

En las tres primeras semanas de mayo, su tenencia aumentó en U$ 71000 MM.

Sin embargo, abril y mayo resultaron nefastos para los bonos del Tesoro porque las compras

de los bancos centrales fueron superadas por las ventas de los inversores privados y las del

propio Tesoro, para cubrir el creciente déficit fiscal.

En los próximos meses podría producirse un cambio en las calificaciones de la deuda

de Estados Unidos, lo cual acarrearía castigo adicional para el dólar.

Y la Fed se verá obligada a continuar con las compras de bonos del Tesoro.

El declive del dólar es irreversible, pero la situación de otras naciones no es muy superior.

Japón, por caso, tiene una situación mucho más grave de endeudamiento, que llega a

duplicar su PBI.

Y tanto en los países europeos como de otras regiones se está recurriendo a masivas

inyecciones de dinero para revitalizar la economía.

 


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