EL CRIMEN ADOLESCENTE EN LA ARGENTINA, CUANDO EL JUEZ DEBE JUZGAR

 

Por Gerardo José González

 

 

Los medios han expuesto estos últimos días con máxima intensidad los asesinatos realizados por adolescentes adictos a las drogas. Los periodistas hacen hincapié en que los jóvenes tienen, en todos los casos, más que suficientes antecedentes prontuáriales que revelan, sin duda alguna, su peligrosidad. Pero los jueces los liberaron en cada delito por su minoridad, o porque no hay lugar en los institutos destinados a su tratamiento, no se sabe bien.

 

En tema tan debatido, propongo reintroducir la figura penal de la peligrosidad, creación del Derecho Penal alemán e italiano que consiste en darle al juez la facultad de aplicar su criterio personal para determinar la peligrosidad social del delincuente. Por supuesto, el ejercicio de esta facultad debe regirse por criterios objetivos, que se refieren a la historia personal del delincuente, sus antecedentes, su personalidad, enclave social y otros factores establecidos por la doctrina y la jurisprudencia, en la actualidad enriquecidos por las disciplinas médicas y sociales.

 

De ese modo, más allá del delito cometido, que en el caso concreto puede ser menor, si el juez aprecia que el procesado es peligroso, puede decidir diversas medidas, no solo la detención, que eviten el peligro. Si la tipología criminal existe, cada caso personal merece una especial consideración.

 

El fenómeno típico es el joven drogadicto, villero y armado, que asalta para continuar drogándose. Es de altísima, máxima peligrosidad.

 

No tiene sentido debatir ahora las causas del fenómeno, tema en el que existe gran consenso, sino ponerle freno. Es imprescindible separar al joven del entorno que lo llevó a ser adicto y delincuente. Son necesarios establecimientos de internación especializados en la recuperación de estos misérrimos marginales.

 

Por alto que resulte el costo, es la única solución para la emergencia.

 

Por supuesto que el tratamiento de fondo del problema pasa por la integración de las villas a la ciudad, invirtiendo recursos estatales cuantiosos. Si a los jóvenes villeros se les ofreciera educación, trabajo, acceso a los deportes y las artes, un horizonte concreto con posibilidades reales de opción, elegirían caminos de vida, no de muerte como ahora.

 

Para un país rico como el nuestro este plan es posible. Sólo requiere una decisión política general y sobre todo  buena ejecución.

 


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