NEGACIONISMO KIRCHNERISTA

 

El análisis político y económico de los doctores Vicente Massot y Agustín Monteverde

 

 

Razones para preocuparse El escenario que, cada día con mayor nitidez, comienza a recortarse en el horizonte es, vistas las cosas desde la óptica del gobierno, el de un distribucionismo con caja menguante.

Cualquiera sabe sobre qué bases se edificó el proyecto hegemónico del kirchnerismo y los saludables resultados que cosecharon sus progenitores entre el 2003 y el 2007. Ahora, clausurado el ciclo venturoso de la economía mundial y arrastrando el país una crisis endógena económica de envergadura, la gran incógnita es cómo funcionará un sistema de reparto populista con el tesoro nacional reducido a su mínima expresión. Teniendo en cuenta, sobre todo, que el año en curso es, por antonomasia, electoral.

De momento, la estrategia adelantada por el oficialismo consiste, básicamente, en negar la realidad. Como si pudiese tapar el cielo con un harnero, desde Néstor y Cristina Kirchner hasta Guillermo Moreno y Agustín Rossi, todos se han dado a la tarea —nada fácil en estas circunstancias— de maquillar, o lisa y llanamente adulterar, los hechos que se suceden y las cifras que se anuncian, con olímpico desparpajo.

La razón o, si se prefiere, la lógica detrás del plan negacionista —para llamarlo de alguna manera— responde, por un lado, a la ausencia de soluciones y, por otro, a la convicción de que, si el oficialismo reconociese la dimensión de las dificultades, lejos de recoger los frutos anejos a cualquier sinceramiento, cometería un sincericidio. Por eso las estadísticas sufren retoques y afeites, según la voluntad del secretario de Comercio, mientras la diáspora que ha comenzado en el Congreso de la Nación, a expensas de la bancada kirchnerista, fue despachada por Rossi con unas pocas palabras —“no es contra el gobierno”, dijo sin inmutarse— como si resultase intrascendente. Aunque de intrascendente nada tiene. En la cámara alta el FPV ha perdido cuatro bancas y no seria de extrañar que en las próximas semanas algunos otros disidentes se sumen a los santafesinos y salteños que emigraron hacia latitudes peronistas más ortodoxas. Algo que, en la cámara baja, siguiendo el ejemplo de Jorge Obeid, Ariel Dalla Fontana y Walter Agosto, también piensan hacer los entrerrianos Gustavo Zavallo, Cristina Cremer de Busti y María de los Ángeles Petit. Si el éxodo comenzó de esta manera, no se necesita ser un sabio para estimar hasta qué punto la merma actual, sumada a la que sufrirá el kirchnerismo en octubre, complicará la gestión del gobierno desde entonces y hasta el 2011.

Claro que, por debajo de la aparente seguridad que demuestran, late una honda preocupación, común a casi todos los principales funcionarios y operadores dependientes del santacruceño. Sucede en la corte de Olivos un fenómeno tan viejo como el mundo: por temor a suscitar las iras del poderoso de turno sus amanuenses no se animan a decirle que está desnudo.

Inclusive el mismísimo titular del poder real en la Argentina tiene que morderse la lengua y hacer de la necesidad virtud a la hora de responderle a Carlos Reutemann, poniendo al descubierto que él también se da cuenta de hasta dónde ha cambiado la relación de fuerzas.

La ruptura del senador santafesino —que eso fue, ni más ni menos— tuvo las características propias de su protagonista. Reutemann jamás hubiese lanzado sobre la testa coronada de los Kirchner la acusación que, a sus expensas, le enderezó el ex–gobernador de Salta, Juan Carlos Romero. Éste, utilizando un lenguaje similar al empleado por el justicialismo cordobés en plena disputa con el campo, acusó a Kirchner de stalinista y se mandó a mudar del bloque junto a su par y co–provinciana, Sonia Escudero. Las formas y las palabras de Reutemann son distintas y no porque resulte un timorato o porque no quiera volar, aún, todos los puentes con el kirchnerismo. Sencillamente tiene un temperamento diferente y sus acciones, por tanto, deben medirse conforme a otros parámetros.

Rossi, en sus declaraciones públicas, pudo relativizar la decisión del ex–corredor de F1; pero la procesión va por dentro. Véase que Néstor Kirchner, en un reportaje se limitó a decir sobre Reutemann: “Es un amigo, pregúntenle a él”. Alguien, por ventura, ¿se imaginaría una reacción así del santacruceño en los años durante los cuales se desempeñó como presidente de la República? —Hubiese sido impensable una y otra cosa: la ruptura de Reutemann y la moderación de Kirchner. Y eso que el santafecino, aún enarbolando buenos modales, se despachó en el curso de la semana con tres torpedos a la línea de flotación del gobierno, al cual acusó de carecer de voluntad para darle un principio de solución al problema del campo; lo responsabilizo, también, de querer dinamitar la Mesa de Enlace y hasta, de pasada, se permitió, no sin un dejo de ironía, pedir que el interlocutor de los ruralistas tuviese poder de decisión. Es evidente, según él, que Débora Giorgi no lo tiene.

En el fondo, todos en el gobierno niegan los problemas hacia fuera aunque se dan cuenta de lo que se les viene encima: una recesión de bulto, con consecuencias sociales difíciles de medir, y una derrota electoral —a esta altura imposible de torcer— en términos de los diputados y senadores que el oficialismo deberá renovar en octubre próximo. Esta realidad, por muchos esfuerzos que se hagan en la Casa Rosada y los distintos despachos oficiales, no puede disimularse.

Hay, pues, quienes imaginan, con el correr de los meses, a un Kirchner fuera de sí, capaz de quemar las naves y apelar a cualquier medio para remontar la cuesta y llegar a las elecciones de la mejor manera posible. Sin embargo, el razonamiento tropieza con un inconveniente serio: el santacruceño no es un avezado piloto de tormentas y ante la adversidad suele perder no tanto el temple como el rumbo. Escalar el conflicto desde el gobierno tendría todas las características de un suicidio político por una sola causa: carece de poder para enfrentar, al mismo tiempo, una situación económica con dinámica propia, un movimiento peronista arisco, que huele sangre y una  sociedad que ya no controla.

No quiere decir esto que en Olivos y la Rosada se desentiendan del resultado de los comicios y den por perdida la batalla. Todos sus esfuerzos habrán de concentrarse en seducir o comprar el voto de los sectores sociales más pobres del país —con centro en el segundo y tercer cordón del Gran Buenos Aires— y, eventualmente, jugar la candidatura de Néstor Kirchner a suerte y verdad. Pero cualquier estrategia electoral que imaginen se topará con el síndrome de la frazada corta.

Que es, en esencia, lo que le sucederá al gobierno en la ronda de negociaciones iniciadas ayer con la Mesa de Enlace. Aun cuando el campo se baje de su aspiración de máxima —la rebaja o eliminación de las retenciones a la soja— de todas maneras la situación de las cuentas fiscales restringe el margen de acción del oficialismo. Con un Kirchner empecinado, todavía, en hacerle morder el polvo de la derrota al ruralismo —de lo contrario seria incomprensible la decisión de transparentar, rompiendo todo código de confiabilidad, las reuniones de Julio De Vido con el titular de la Sociedad Rural—, una Débora Giorgi que parece pintada y un panorama por momentos catastrófico en términos de sequía y precios internacionales, sería un milagro que las partes pudiesen ponerse de acuerdo. Quizás sea posible ganar algo de tiempo, pero en tanto y en cuanto no haya una orden clara de parte del santacruceño de barajar y dar de nuevo —escenario,por el momento, improbable— la protesta del sector agrario tarde o temprano escalará, y podrá coincidir con otras que comienzan a alzarse en queja por el aumento de las tarifas, los despidos o la inseguridad.

De hecho, el avance de Alfredo De Angeli sobre un banco en Entre Ríos, veinticuatro horas antes de la reunión entre Giorgi y los líderes de los principales asociaciones del campo, no hizo más que adelantar cuanto sucederá si no hay soluciones a corto plazo. No es un secreto que las bases, si bien confían en sus dirigentes, difícilmente acepten cualquier oferta. La movilización y los controles de carga que realizaron en distintas rutas durante el paro de cuatro días que decretó la Mesa de Enlace son evidencias suficientes para imaginar cuál será su reacción si fracasase el dialogo con la devaluada ministro de Producción.

No es que se vislumbren en el empíreo los tenebrosos jinetes del Apocalipsis. Nada de eso.

Pero cuando unos fanáticos sin convicciones —a quienes les da igual reivindicar a la subversión marxista de los años setenta o hacer negocios con el capitalismo de amigos— tienen la responsabilidad de gobernar el país en medio de una crisis como esta, hay razones para preocuparse. Hasta la semana próxima.

 

ECONOMIA.

La acción de los gobiernos: ¿parte de la solución o parte del problema?

No quedan dudas. El tempestuoso océano que es hoy la economía mundial promete inclemencias por largo rato. No hay condiciones meteorológicas que den sustento a previsiones más alentadoras. Ahora bien, ¿qué papel cabe a los gobiernos que tripulan nuestras respectivas naves nacionales en aguas tan procelosas?

Dos años atrás advertíamos que, habiendo alcanzado tal grado las distorsiones ocasionadas

por el sobrecrecimiento montado en la ilusión monetaria del dinero fácil, nadie podía evitar la

disrupción y la consiguiente pesadilla de los ajustes en reversa. Los gobiernos nada pueden hacer

para acabar con la crisis de la misma forma que el comandante del buque no puede acabar con la

tormenta. Para que vuelva la calma, las distorsiones acumuladas deben primero corregirse.

Pero esto no quiere decir que la acción de los gobernantes sea irrelevante: sus decisiones

pueden agravar y prolongar la depresión o contribuir a un reacomodamiento menos doloroso.

¿Están haciendo ellos las cosas correctas, pues? —Por ahora no es mucho lo que han hecho. Pero tampoco están utilizando las herramientas más apropiadas y, en muchos casos, han recurrido a las contraindicadas.

Ahí lo tenemos al presidente Obama, continuando en buena medida la política fiscal iniciada por su antecesor, aunque con diferencias en los sujetos que recibirán esa asistencia. Pero ocurre que la política fiscal —a contrario sensu de tantos panegiristas de Keynes que en su vida leyeron siquiera una página de la Teoría General— no constituye una herramienta potente para suavizar los traumas del ajuste.

En primer lugar, el gasto público tiene un multiplicador insignificante frente al del gasto privado que pretende reemplazar; para contrarrestar una reducción del consumo equivalente al 1 % del PBI hay que expandir en 10 % el gasto estatal. Los planes de infraestructura padecen de un largo período de maduración, por lo que sus efectos se notarán en el mejor de los casos recién el año próximo. Por otro lado, un tercio del plan de salvataje es de naturaleza más temporaria que permanente. Y parte de los auxilios irán dirigidos a industrias estructuralmente no competitivas.

Tanto este plan como el anterior son francamente insuficientes para disimular las astronómicas pérdidas sufridas desde mediados de 2007. En varias ocasiones se llegó a perder en una sola jornada más que ambos paquetes de ayuda sumados. Véase la insignificancia de este auxilio frente a la destrucción de riqueza de los hogares estadounidenses ya suma más de U$ 13 billones (europeos: millón de millones) y podría superar los 20 antes de fin de año. A estos quebrantos equivalentes a un quinto del patrimonio total de las familias —en los años ’30 llegó al 40 %— todavía resta sumarles las pérdidas también siderales de los sectores financiero, corporativo y estatal.

Estos y nuevos paquetes de ayuda —la FDIC (el seguro de los depósitos) requerirá una nueva inyección de capital— seguirán incrementando el gasto público mientras que la contracción de la actividad y la deflación de precios derrumbará los recursos fiscales. El primer año de la nueva gestión demócrata podría culminar con un pavoroso déficit presupuestario de más de un  billón y medio de dólares. ¿Por cuánto tiempo el mundo estará dispuesto a seguir financiando esta desmesura?

La política monetaria se centró en reducir el costo del dinero como mecanismo para alentar la actividad. Hoy las tasas cortas se ubican prácticamente en 0 %, lo que nos coloca en una manifiesta trampa de liquidez, sin posibilidad de ensayar nuevos estímulos a la economía por este camino.

Peor todavía, en una economía deflacionaria hasta una tasa nula resulta elevada al contraponerse a la sistemática caída de los precios. Nótese, pues, la flaqueza del prisma monetario keynesiano centrado en la tasa: aún si se condonasen todos los intereses de los créditos hipotecarios, los tomadores seguirán prefiriendo entregar el bien que devolver el préstamo (el valor de mercado del inmueble sigue siendo inferior a la amortización del capital tomado).

Manipular el costo nominal del dinero puede inducir a los bancos a prestar pero eso no

significa que sus clientes —hoy más austeros y propensos al ahorro— estén dispuestos a tomar fondos que no son baratos en términos reales ni a comprar bienes que ya no les interesan y que pierden valor día tras día. Obviamente, esto desemboca en un círculo vicioso en el que los ingresos y el empleo disminuyen y la demanda cae todavía más..

Se observa una tendencia a repetir los errores políticos y de gestión que —al multiplicar la circularidad autorreforzante de la contracción— dilataron hasta lo impensable la recesión iniciada a fines de los años veinte, convirtiéndola en la Gran Depresión. Medidas como el incremento nominal o al menos real de la presión impositiva —en una economía deflacionaria las alícuotas deberían ser drásticamente recortadas— y crecientes tensiones proteccionistas emulan también aquel nefasto precedente.

 


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