Por Luis María Bandieri
Remontemos nuestro recuerdo al Paleolítico superior. Por entonces, en Europa, con vestigios
que se encuentran desde España hasta Ucrania, convivían dos especies de hombres, afines pero
distintos. Uno es el que llamamos Hombre de Neanderthal. Otro, el que llamamos Hombre de
Cromagnon. Los neandertales eran más pequeños de estatura, de lóbulo frontal prominente, nariz
ancha y mentón huidizo. Poseían una elevada capacidad craneal, enterraban a sus muertos, cuidaban
a los heridos y enfermos, demostrando en ello habilidad, fabricaban herramientas y desarrollaban su
arte. Los cromañones tenían una conformación craneana parecida a la nuestra, eran más altos y nos
han quedado también restos de sus herramientas y de sus manifestaciones artísticas. Se supone que
esta cohabitación pudo durar unos diez mil años. Seguramente se comunicaron y hasta comerciaron
entre ellos. Los estudios genéticos actuales demuestran que eran dos especies con genomas
diferenciados en sus secuencias. Si se unieron entre ellos, pues, sólo pudieron nacer de allí híbridos.
En algún momento del Paleolítico superior, los neandertales desaparecen y sólo señorean a partir de
allí los cromañones, antepasados directos del homo sapiens sapiens, es decir, de nuestra especie. Se
han ensayado diversas explicaciones sobre la desaparición de los neandertales. La más probable es
que hayan sido exterminados por los cromañones, que desarrollaron armamento y técnicas guerreras
superiores. A veces se utiliza el circunloquio de “perdedores en la competencia ecológica” para
señalar por qué unos sobrevivieron y otros no. Pero, con esto, sólo estaríamos explicando el
exterminio de los neandertales atribuyéndolo a una lucha por los recursos. Por un lado, abonan la
teoría del exterminio los procederes violentos a que el linaje de los cromañones ha echado mano
repetidas veces desde el paleolítico hasta aquí: el arma más peligrosa que el homo sapiens ha
inventado es el propio homo sapiens. Por otra parte, si se examinan las descripciones que a lo largo
de la historia se han realizado de los neandertales, se verá que se los pinta como Untermenschen,
subhombres, cuyo destino era desaparecer (sabemos muy bien adónde conduce este tipo de
discurso). En definitiva, parece que nuestra especie viene de un genocidio inicial: el cometido por
los cromañones, nuestros antepasados, respecto de los neandertales, nuestros primos genéticos, de
los cuales no ha quedado descendencia que por ellos hable. Un crimen imperdonable e
imprescriptible, casi perfecto, porque los únicos que podemos plantearlo somos los descendientes
de los asesinos, con cierta natural tendencia a pasar por alto, disimular o justificar torcidamente la
mano airada de nuestros antepasados. Somos jueces y parte, y nos inclinamos a autoabsolvernos,
porque ya dice gráficamente el refrán español: quien a sí mismo se capa, buenos cojones se deja.
Tan sólo una persona, en la presente humanidad, me parece que puede, con libertad íntima e
independencia práctica, tomar sobre sus hombres la tarea de enjuiciar lo que pasó allá lejos, en el Paleolítico. Me refiero al juez de la Audiencia Nacional de España, don Baltazar Garzón (en cuya
jurisdicción territorial, por otra parte, se encuentran suficientes vestigios, como los de la Cueva del
Castillo, por citar alguno). Ello le permitiría, llegado el caso, procesar a la entera humanidad,
siquiera por encubrimiento en sus integrantes actuales, lo que podría considerarse el culmen
insuperable de la actividad de un juez del crimen. Y quizás llegaría hasta ordenar su captura, lo que
presenta no pocos inconvenientes prácticos, aunque a don Baltazar ya algo se le ocurrirá al respecto.
Lo importante es lavar de una buena vez nuestro maltrecho honor de hijos de cromañones.
Tarea, únicamente, para Garzón.-
